Emprendedores

Categoria: Talento

Emprendedores

Tanto la actitud como la aptitud son medibles y se pueden aprender, reaprender y en todo caso mejorar

La actitud la vemos en el comportamiento de la persona. La aptitud la apreciamos en la manera de realizar una actividad.

La actitud emprendedora sería la que encontramos en aquella persona que genera ideas, que tiene una alta motivación. Aquella persona que cree y se apasiona con lo que hace, que siente que lo más importante es poder desarrollar a su manera aquella idea y convertirla en negocio. Y, principalmente, que tiene la confianza que saldrá adelante por encima de los inconvenientes que puedan aparecer por el camino

La aptitud emprendedora sería la de aquella persona que se apunta a un curso de emprendedores para aprender a generarse una auto empleo, donde la viabilidad económica del proyecto es prioritaria a la idea. Esto hace que se acabe priorizando la viabilidad del mercado por encima de la idea.

Por tanto, la actitud emprendedora se fomenta por la idea, la aptitud emprendedora se fomenta por el plan de viabilidad.

Entonces es cuando mezclamos dos conceptos que parecen demasiado antagónicos para estar metidos dentro de un plano económico: Seguridad y emprendedores.

La idea debe fluir, debe tener espacio para poder crecer y desarrollarse con su máximo esplendor. La finalidad es poder dar vida a la idea. Cuando la idea sólo debe dar dinero o éste se convierte en prioritario, la idea se transforma, se moldea de tal manera que pierde su autenticidad. Cuando un proyecto no es 100% original, pierde fuerza y los condicionantes predisponen al fracaso del mismo. (AUTENTICIDAD/ obra original no adaptada a los gustos del momento)

Las ideas no son convenientes al momento, son sencillamente ideas. El emprendedor no es conveniente al momento.

El plan de viabilidad debe estar al servicio de la idea, no al revés.

Hoy se vende la emprendeduría como un medio para la auto ocupación. Se ha convertido en una aptitud emprendedora a aprender, ya que es una solución al momento laboral actual. Es una perversión de la auténtica emprendeduría.

No somos un país de esencia emprendedora mayoritariamente, ya que hemos tenido más la actitud de empleabilidad que no de ir por cuenta propia. Sólo hace falta que miremos donde se sitúan los mayores índices de ocupación. Tampoco hemos tenido las herramientas adecuadas para convertirnos en emprendedores innatos, culturalmente la seguridad y la estabilidad han promocionado la búsqueda de puestos de trabajo falsamente seguros.

El significado que culturalmente hemos atribuido a éxito y fracaso, es un buen ejemplo para describir el concepto de emprendeduría que tenemos. Resulta que si no lo consigues a la primera eres un fracasado y el sistema (nosotros) no confía en ti. Aunque el error es una base de aprendizaje, nosotros no lo toleramos. Socialmente nos gusta más asociar el éxito a la excelencia. Nos sentimos más cómodos. Y paradójicamente, nos equivocamos.

Hoy en día tenemos una emprendeduría “bajo mínimos”. Ponemos en marcha un negocio con el mínimo imprescindible para funcionar, de tal manera que adaptamos la idea al mínimo. La minimizamos de tal forma que acabamos desistiendo de la emprendeduría cuando no nos llega ni para pagar el seguro de autónomos. Perdemos el foco de nuestra atención y la idea (reducida, minimizada, débil) no puede crecer y no nos motiva lo suficiente como para superar las adversidades contra las que tendrá que enfrentarse. Seguramente, en la reducción hemos suprimido lo que realmente nos apasionaba de aquella idea. Lo que estaba en contacto directo con nuestros valores, con nuestro propósito de vida, con nuestra esencia.

¿Cuántos asistentes a un curso de empendeduría se acaban convirtiendo en emprendedores?

De este pequeño porcentaje: ¿Cuántos se han convertido en empresarios?

Todos hemos oído decir “Un negocio está para ganar dinero”. Nosotros decimos sí, y también para pasarlo bien, para poder vivir con satisfacción y que no se convierta en cárceles de donde no poder salir. Emprender un negocio debería servir para desarrollar nuestro talento, para poner en práctica nuestro potencial y hacerlo crecer de forma directamente proporcional al crecimiento del proyecto. La única cosa con la que podemos contar para superar las adversidades es nuestra actitud, y está directamente condicionada a nuestra motivación.

Un negocio es como un hijo, nace y, si todo va bien, va creciendo y no para de crecer. No se estanca en la edad o tamaño que tu quieres, sigue su inercia. Vale la pena vivirlo con motivación y no como obligación. La motivación está en la autenticidad de la idea. En lo que nos “mueve” a querer sacar adelante un proyecto, en los valores que ponemos en juego y ofrecemos al mundo nuestra idea, en el objetivo interno que hace que confiemos en su viabilidad.